Leyenda de Alonso de Villada

Esto que os vamos a contar ocurrió hace muchos años, pero no en un lejano país, sino en el pueblecito palentino de Villada. Vivía aquí un joven llamado Alonso con su padre. El padre, que era bueno y prudente, había educado bien a su hijo, enseñándole a ser trabajador y a respetar a los demás, pero las malas cosechas habían ido empobreciéndoles y ahora vivían casi sin dinero.
Una noche estaban los dos sentados junto al fuego, después de haber cenado, y Alonso dijo a su padre:
– Creo, padre mío, que no podemos seguir así; tu ya eres un anciano y quiero que tengas una vejez cómoda. He oído decir que existen paises al otro lado del mar en donde hay riquezas por todos los lados. Si me das permiso, iré allí y procuraré hacer fortuna.
El anciano no quería pensar que su hijo iba a marcharse, pero comprendiendo que no había más remedio le dió su permiso.
Partió Alonso de Villada una mañana de primavera y, a pesar de que tenía muchas ganas de conocer el mundo, su corazón se puso triste cuando miró desde lejos a su pueblo sobre la llanura de Tierra de Campos.
Después de recorrer pueblos y ciudades y de atravesar el mar llegó a una isla en la que las plantas eran tantas y tan diferentes a las de su tierra, que Alonso creyó que había cambiado de planeta.
Conoció a los habitantes de la isla que eran gentes tranquilas y risueñas. Y trabajó tanto que pronto pudo convertirse en un comerciante honrado.
Con el paso del tiempo, y con el esfuerzo de Alonso, el negocio marchó muy bien. Así que Alonso empezó a pensar en volver a su país. A pesar de las hermosas flores del Trópico y del clima tan cálido, él se acordaba siempre de las tierras de Villada doradas bajo el sol de julio, o de las frias noches junto al fuego, o de su padre anciano que, sin duda, le echaría de menos.
Así que empezó a preparar el largo viaje de vuelta a su casa. Esto le tuvo entretenido bastante tiempo, pero al fin, con todos sus asuntos en orden y cargado de riquezas, volvió el bueno de Alonso a su país. Cuando ya llegaba muy cerca de Villada se detuvo a pasar la noche en el pueblecito de Villacidaler.
Era una noche de otoño, el viento soplaba con fuerza y Alonso y sus criados se refugiaron en una posada.
Estaban sentados a la mesa esperando a que el posadero les sirviera la cena, cuando éste les dijo, mientras echaba un gran leño al fuego:
– ¡Qué suerte la de los viajeros que llevan dineros!. Todos están dispuestos a recibirlos bien, en cambio el pobre peregrino que nada tiene no es bien recibido en parte alguna.
Estas palabras dejaron pensativo a Alonso. Se preguntaba si ahora sus antiguos amigos al verle regresar rico serían amables con él porque de verdad le querían o por su fortuna. Se fue a dormir dando vueltas a esta idea en su cabeza.
A la mañana siguiente el grupo se preparaba para recorrer el corto camino que les separaba de Villada cuando un mendigo se acercó a Alonso para pedirle una limosna.
Alonso mirándolo le dijo:
– Te compro la capa por diez monedas de oro.
– Pero señor, dijo el mendigo, si no vale nada. Está rota y remendada.
– No importa, una capa así es la que yo necesito.
Y sin más, Alonso se puso la capa del mendigo y ordenó a sus criados que le esperasen en aquella posada. Emprendió solo el camino hacia Villada.
Al entrar en el pueblo comprobó cómo los que se cruzaban con él le miraban con desconfianza y, cuando iba él a hablarles, se marchaban apresuradamente.
Recorrió en vano las calles del pueblo tratando de encontrar una cara amiga. Cuando llegó a la casa de su padre la encontró cerrada a cal y canto; unas niñas que jugaban en la plazuela le dijeron que el dueño de aquella casa había muerto no hacia mucho tiempo. Alonso estaba muy triste y descorazonado. Se encontraba al fin en su pueblo, pero ni su padre estaba ya allí para recibirle. Permaneció largo rato ante la casa paterna sumido en negros pensamientos, hasta que una anciana de cabellos muy blancos y sonrisa luminosa le llamó desde un portalón cercano:
– ¡Alonso, Alonsillo… hijo mío…!
Tardó solo un instante en reconocer en aquella mujer a María, la vieja criada que había cuidado de Alonso mientras fue pequeño.
Se abrazaron emocionados y entraron los dos en la casa de María. Esta contó a Alonso todo lo ocurrido durante su ausencia hasta el momento de la muerte de su padre, ocurrida pocos días antes. Finalmente le invitó a quedarse con ella:
– Aquí no te ha de faltar de comer, le dijo, y ya pensaremos a qué puedes dedicarte en el futuro.
Alonso esperó aún tres días, viviendo en casa de la única persona que le había recibido con cariño. Comprobó de nuevo que sus antiguos amigos no querían saber nada del hombre que, según ellos creían, había vuelto pobre y fracasado.
Al cuarto día apareció en Villada una lujosa comitiva. Eran los criados de Alonso que venían al encuentro de su señor. Se detuvieron frente a la casa de María y pronto corrió, como la pólvora, la noticia de que el que todos creían mendigo era un indiano riquísimo. Entonces empezaron a llegar a la humilde casa de María visitas aduladoras y regalos.
Alonso arregló la casa de su padre y se fue a vivir a ella con la anciana. Y procuró desde entonces distinguir siempre entre los buenos amigos y las gentes que solo persiguen su interés.

 

 

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