En el convento de Santa Clara se puede ver uno de los cristos yacentes más angustioso de toda la imaginería cristiana. Es el llamado “Cristo de Palencia”, hallado en aguas del Atlántico en el siglo XIV.

Cuenta la leyenda que, en el año 1377, Diego Alonso Enrique, a la sazón Almirante de Castilla y Capitán General de la Armada, se encuentra en el océano Atlántico una especie de fuego fatuo o fuego de San Telmo a ras de las aguas, más bien flotando sobre el mar, que no se apagaba ni con el viento ni el oleaje.  Al acercarse, ven una urna de cristal iluminada por una luz interior y dentro un cristo que su mera contemplación asusta a los marineros. Con un rostro agónico y con una textura de piel que no parece madera sino pergamino.
El Almirante, palentino por más señas, decide llevar este cristo al convento de las Claras y allí queda desde esa época.

En el siglo XVII ocurre un hecho insólito. La posición que vemos actualmente del Cristo no es la que tenía en el momento de su hallazgo. Al parecer era un cristo yacente con el rostro mirando hacia el cielo y las manos entrelazadas sobre el pecho. Pues bien, en el año 1666 se oyó en el convento un ruido estrepitoso que salía de la habitación donde estaba expuesto el Cristo y cuando las monjitas clarisas se acercaron a ver lo que pasaba se encontraron que la imagen habría sufrido dos modificaciones sustanciales: su rostro estaba ladeado y sus brazos se habían desunido por las manos estando ahora apoyados en los costados. ¡Milagro!, pensaron las monjas porque nadie había tocado la talla y, aunque así hubiera sido, se habría roto. Todo esto indicaba la flexibilidad de la imagen y pronto se divulgó el prodigio. Algunos aseguraron que tal vez era un cuerpo humano momificado, tratado de una manera muy especial hasta el punto que el pelo y las uñas serían naturales, tan naturales que cada año había que cortárselas…

¿OS ANIMAIS A VENIR A PALENCIA A VER COMO LE CRECEN EL PELO Y LAS UÑAS?

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